CAPÍTULO DOCE

Capítulo Doce

Una luz brillante y limpia se colaba a través de los visillos de las ventanas. Un nuevo amanecer en Berlín.

Los primeros movimientos de Lucia entre las sábanas aún eran lentos, tímidos, y sus piernas estaban todavía algo engarrotadas. Sentía como si viniera de correr una media maratón y tenía un ligero dolor de cabeza propio de una resaca adolescente.

Giró su cuello para dirigir la mirada hacia el despertador, eran las 7. Frotó con ambas manos su cara y se escondió tras ellas durante unos segundos. No estaba muy segura de lo que había ocurrido la noche anterior pero se sentía distinta.

A decir verdad, el ritual matinal no era uno de los preferidos de Lucia. Solía sentirse perezosa y cansada y adoraba dormir hasta tarde, aun así, sabía que hoy era un día importante, y poco a poco, con calma y resignación, fue levantándose de la cama.

En quince minutos ya se había duchado y lavado los dientes.

– ¡Mi pelo!…-se dijo a si misma frente al espejo- y con la resignación de quién pasa por ese momento día tras día, optó por un recogido medio despeinado.

Dedicó los siguientes diez minutos a escoger con suficiente inteligencia la ropa que se iba a poner. No pretendía destacar demasiado pero quería ir elegante y profesional. La primera impresión iba a ser importante y, a pesar de que con Mattew habían tenido alguna videoconferencia y ya se conocían virtualmente, Lucia estaba convencida de que en el primer cara a cara se definían las simpatías que marcaban cualquier tipo de relación.

Se decidió por un traje de chaqueta azul marino con raya diplomática. Una camisa blanca, unos zapatos de tacón en tono crudo y un collar babero ajustado al cuello. Poco maquillaje, un ligero toque de brillo en los labios y rímel.

– Suficiente. –pensó.

Recogió su agenda, su bolso y el manual de bienvenida que había impreso justo antes de viajar hacia Berlín. No le iría mal darle un último repaso.

Salió de la habitación dirección al comedor mientras se preguntaba si Sophie estaría ya despierta, pero al llegar a la cocina supo que no. Había una nota sobre la nevera:

“He preferido llegar pronto al despacho hoy, espero que no te importe. Estoy segura de que te defenderás sola. Hay café hecho. Te llamo luego. Bso, Sophie”

Bueno…a decir verdad, al leer la nota sintió cierto alivio. Enfrentarse a más de una situación difícil en un sólo día era agotador y ya iba a tener bastante con su primer día de trabajo.

Se tomó un café, releyó el manual, se retocó el gloss de los labios y cogió su abrigo. Justo antes de abrir la puerta se miró en el espejo que había en el recibidor y, como si de una dinámica de estudiantes de teatro se tratara, se habló a sí misma para comprobar su ensayado tono convincente.

-¿Lista Lucia? Lista! – se contestó a sí misma.

Y regalándole una última sonrisa a su propio reflejo salió del apartamento.

En su primer día prefirió tomar un taxi. El transporte público en Berlín era fantástico pero, para ser su primer día, prefirió asegurar la hora de llegada y evitar perderse.

Era increíble la actividad que se desprendía de la ciudad a través de los cristales del taxi. Gente que caminaba deprisa y concentrada. Madres con niños, señores trajeados, indumentarias alternativas…Millones de bicicletas a pesar del frío y multitud de pequeños comercios donde servían el café para llevar y esas rosquillas tan características de la ciudad.

Era apasionante el ritmo que se respiraba con tan solo observarles a través de aquellos cristales.

El despacho donde Lucia iba a trabajar estaba ubicado en un lugar de la ciudad muy céntrico. Excesivamente quizás. En Unter den Linden, justo delante de la puerta de Branderburgo. Una avenida amplia y preciosa donde era imposible sentirse sólo.

Llegó con tiempo de sobras, así que decidió ir a tomar un café antes de subir. Lucia odiaba la impuntualidad y siempre que las circunstancias se lo permitían, y eso era casi siempre, llegaba con tiempo suficiente para evitar imprevistos. Odiaba la impuntualidad…y en ese momento, al ser consciente de esa característica tan suya de llegar pronto a los sitios, regresó a su mente en forma de castigo el retraso de Mario la noche anterior.

Cogió el móvil y volvió a leer los mensajes que Mario le había escrito y las llamadas perdidas. Intento analizar, en un ejercicio simultaneo de calcular, entender, asumir y perdonar, el “por qué” de su plantón. Creyó que quizás no era tan imperdonable el hecho de que hubiera llegado tarde sino, que el verdadero problema eran las expectativas que ella se había trazado con respecto a él. Probablemente si Mario hubiese sido una persona que no le hubiera importado lo más mínimo, no se habría enfadado tanto. En definitiva y para ser justos…él la llamó! Pero era tanta la ilusión que Lucia tenía depositada en aquella cita que la desilusión fue enorme y el dolor y el sentimiento de frustración  irreparable.

Con ello, a través del análisis que estuvo haciendo de la situación vivida la noche anterior, Lucia se convenció una vez más, de que Mario le gustaba demasiado. Y se rindió a la evidencia. A pesar de no conocerle, a pesar del plantón, a pesar de ser una historia tan surrealista, a pesar de Andre, a pesar de ella misma. A pesar de todas las circunstancias –todas ellas adversas- ella no podía dejar de pensar en él y acarició la idea de volver a verle e incluso, de perdonarle. En ese momento sintió de nuevo ese escalofrío que experimentó por primera vez cuando vio a Mario y que se había repetido cada vez que le tenía cerca y asustada, giró bruscamente su cabeza a un lado y a otro de la barra, con la esperanza de encontrarle, pero en aquel café sólo encontró gente desconocida que le robaron la sonrisa y la ilusión que por un momento había aparecido en sus labios.

Miró el reloj. Las 08:45, momento de irse. Y así, dejando en la butaca de aquel café la idea esperanzadora de volver a ver a Mario y perdonarle, se dirigió a conocer a sus nuevos compañeros.

……………………..

Al abrirse las puertas del ascensor le sorprendió la imagen tan dinámica que se vivía en el “hall” de la oficina. Verdaderamente esquizofrénica! Gente de arriba abajo, carreras por los pasillos y personas reunidas en unas salas que eran como grandes peceras acristaladas.

MPI Group era una de las empresas de Comunicación más importantes dentro del sector a nivel internacional. Con sede en Nueva York, Brasil, Costa Rica, Paris, Londres y otros muchos países, allí, se forjaban las mejores campañas de publicidad del mundo. Su estancia en aquella oficina era una especie de “beca” para colaborar con una gran cuenta y aprender de Mattew, Gibson, el que sería su jefe durante los próximos 6 meses, todo lo mejor.

Mattew era de origen americano, tenía  52 años, estaba soltero y era bastante atractivo pero, sobre todo, era un genio de la comunicación.

Había desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en los países latinoamericanos impulsando así el ámbito publicitario en las zonas menos desarrolladas en cuanto a comunicación. Ello, le había permitido adquirir un español prácticamente perfecto y un carácter demasiado extrovertido para ser del norte de América.

Él mismo fue quién escogió venir a dirigir la oficina de Berlín y desde hacía dos años era el General Manager responsable de unos resultados verdaderamente increíbles. Desde luego iba a ser para Lucia el mejor de los maestros.

– Guten Morgen. Wie kann ich helfen?

– Guten Morgen, ich bin Lucia Alvarez. Ich erwartete Mr. Gibson.

– Ohhh! Lucia. Bienvenida. Mi nombre es Carol. Te estábamos esperando. El Sr. Gibson está en su despacho. Acompáñame.

– Gracias Carol! – dije con media voz  y sorprendida por su  perfecto español.

Se levantó de su sitio y con un gesto más que amable le indicó a Lucia para que la siguiera.

Carol caminaba erguida y con paso seguro. Parecía más una modelo que una recepcionista. En ese momento, Lucia se preguntó a sí misma si a las recepcionistas les hacían una especie de prueba de belleza, porque realmente, impresionaba dejarse guiar por semejante mujer. Estaba claro que era la primera impresión que alguien se iba a llevar de la empresa y esos detalles había que cuidarlos. Se alegró entonces de haber escogido el traje de chaqueta azul con raya diplomática y sintió, que no desentonaba con el entorno.

Pasaron delante de varias puertas hasta llegar al final del pasillo. La puerta del Sr. Gibson estaba abierta, y en su interior estaba, de pie junto a su mesa mientras hablaba con un teléfono inalámbrico al tiempo que paseaba por el despacho, su inminente jefe.

Su respuesta al ver a Lucia fue inmediata.

– ¿Puedo llamarte al final de la mañana Harry?- Preguntó a su interlocutor.

La respuesta debió ser un sí porque automáticamente Mattew colgó el teléfono.

– Lucia!!! Bienvenida!! – dijo mientras se dirigía a Lucia para abrazarla

– Gracias Carol. Puedes retirarte – le dijo con un tono mucho más serio a la estupenda recepcionista.

– Ven, pasa. Siéntate. ¿Qué tal tu llegada? ¿Has tomado café?

– Sí, sí. Muchas gracias Mattew. Llegué pronto y tomé un café justo aquí abajo antes de subir.

– Bueno…tendré que enseñarte tu despacho y la oficina. ¿Qué te ha parecido a primera vista?

– Ufff! ¡Da vértigo ver el ritmo con el que se trabaja!   – y justo cuando acabó de decir la frase, pensó en si había sido o no conveniente.

Tal vez iba a parecerle una estúpida inexperta asustadiza, o tal vez creería que no sería capaz de seguir el ritmo….así que, Lucia, rápida de reflejos, siguió con la frase:

– Pero me gusta. En realidad me gusta – y con una de sus mejores sonrisas zanjó la frase.

– Me gusta que te gusta Lucia – contestó Mattew.

Era divertido escuchar el acento de Mattew  mientras hablaba. Había pasado mucho tiempo en Costa Rica, pero   su lengua nativa asomaba en forma de acento inevitable y aplicaba el ritmo que utilizan los alemanes cuando habla. Una mezcla curiosa. 

-Vamos Lucia. Voy a enseñarte tu despacho.

-Cuando quieras –contestó Lucia emocionada.

Prácticamente todas las paredes eran de cristal. Tenía tanta luz que el departamento de riesgos laborales debería exigir usar gafas de sol para trabajar. Era absolutamente precioso. Espacioso y blanco. Todo allí era blanco. Un magnifico MAC presidia la mesa junto con un bote lleno de lápices, blancos también, con la inscripción MPI.

– ¿Y bien? – Preguntó Mattew seguro de sí mismo y con la certeza de que Lucia estaba encantada y emocionada.

– Bueno…esto es…prefecto!

– Me alegra que te guste Lucia. No podíamos hacer menos por ti.

– Gracias Mattew.

– Vamos, te presentaré al resto de tus compañeros.

Durante las siguientes tres horas conoció al resto del equipo. Había gente de todas las nacionalidades pero, sorprendentemente, mucha gente hablaba español. Según le comentó Mattew, uno de los buques insignia de la empresa era la oficina de Barcelona y el castellano era una lengua muy valorada dentro de la empresa. Barcelona era una ciudad especialmente líder en cuanto a materia de publicidad. 

-Lucia, debes estar agotada. Le dije a Mia que reservara restaurante para que fuésemos a comer. ¿te parece bien?

– ¡Claro! Por supuesto. Eres el jefe. Tú mandas. –  y soltó una carcajada.

– Perfecto. Si te parece nos vemos en recepción dentro de quince minutos.

– Ok 

Lucia regresó a su despacho y probó, por primera vez,  como se sentía sentada en aquella silla y detrás de su escritorio. A decir verdad se sentía bien. Se sentía  importante. Le gustaba la sensación que le había causado Mattew y el resto de sus compañeros.

Su mesa permanecía desnuda todavía. Seguramente en pocos días tendría una montaña de papeles para gestionar. Era la última en llegar por lo que sospechaba  que sería quién gestionara la parte menos interesante de los proyectos. Era normal,  en cualquier empresa ocurría, aunque, no tenía demasiado claro que eso fuese así. Sentía  que de algún modo Mattew le tenía una especial simpatía y la protegía.

O…tal vez él fuese así de amable con todo el mundo, quizás sólo se tratase de una primera actitud estratégicamente pensada para impresionar, quizás Lucia le gustaba, o tal vez era un cabrón en toda regla que se convertiría en cuanto Lucia firmara el contrato. No era momento de pensar…ya se vería con el tiempo pero, una cosa tenía clara, Mattew parecía un buen tipo.

Lucia miró el reloj una vez más y se dio cuenta de que ya era la hora. Se levantó de su mesa y cuando se dirigía hacia la puerta, a través de los cristales, vio como llegaban dos mujeres.

Una de ellas era muy guapa. Iba vestida con un traje de chaqueta blanco y tenía una melena rubia y larga. Parecía alemana. Alta y corpulenta. La otra chica era más bajita y morena y por cómo se movían y hablaban, parecía que la chica rubia era la jefa.  Deberían venir de alguna reunión y Lucia no las había visto antes.

Al salir por la puerta prácticamente se chocaron y Lucia tuvo que frenar en seco para no llevársela por delante.

– Uisss! Perdón! Casi chocamos.

– Cuidado! Gritó

– Hola. Lucia Alvarez – y adelantó su mano en busca de ser estrechada.

– ¿Lucia? – Tú debes de ser la chica española de Mattew…

– Ehh, mm, sí. Supongo que esa debo ser.

–  Karen.  Soy Karen.

– Hola Karen. Es un placer conocerte.

El tono de voz de aquella mujer era frío y distante. Su mirada contenía desconfianza.  Miró a Lucia de arriba abajo y Lucia se sintió muy incómoda. No entendía demasiado bien el por qué de tanta hostilidad y tampoco el por qué de esa afirmación que le había hecho “la chica española de Mattew”. Lucia no pretendía ser favorita de nadie pero tampoco le molestaba la simpatía de su jefe.

–  Ehhh, perdona pero, me esperan. Nos veremos por aquí supongo. – dijo Lucia con tono un tanto intimidada.

– Sí. Nos veremos. Ciao!

Y con tono y caminar de diva siguió por el pasillo.

Lucia siguió hacia la puerta y se encontró allí con Mattew que charlaba amigablemente con Carol.

– ¿Vamos?

– Vamos! – dijo Lucia.

………………

 

Después de haber comido Mattew le recomendó a Lucia que se marchara para casa. Al dia siguiente ya haría la jornada completa.

No quería aprovecharse de su simpatía, y mucho menos después del comentario de Karen pero lo cierto es que estaba agotada. No había descansado apenas la noche anterior y había sido una mañana de bastantes emociones así que aceptó.

Al despedirse de Mattew pensó en volver a casa un rato caminando. No hacia mala tarde y tenía tiempo. Un poco de aire fresco le vendría bien para poner en orden algunas ideas. Mario, Sophie….En ese momento recordó que no había llamado ni escrito a Sophie y ello le hizo pensar que la noche anterior, también ella la escuchó. Probablemente ambas se sentían avergonzadas y dejar pasar el día era una buena táctica para relajar los ánimos.

Pensó entonces de nuevo en Mario. De hecho, jamás había dejado de pensar en él.

Cogió el teléfono del bolso para enviar un mensaje y, al encender la pantalla, tres globitos indicaban que tenía tres whatsapp. Olvidó que tenía el teléfono en silencio y por eso no lo había escuchado.

Uno de ellos era de Sophie, otro de Mario y el ultimo de Andre. 

Sentía tanto miedo por leer el mensaje de Mario  que decidió dejarlo para el último.

“¿Todo bien? – No he querido escribirte ni llamarte porque imagino que estarás a tope. ¿Cenamos juntas y me cuentas? Un beso, Sophie”

El tono era cálido Probablemente  Lucia tenía demasiadas tensiones acumuladas pero, parecía que la relación entre ellas era la de siempre.

“¿Sigues viva? Se te echa de menos. Besos, Andre”

Bueno! Al parecer Andre seguía ahí. Se sintió culpable por un momento por no haberle escrito y una ligera sonrisa apareció en sus labios al leer su mensaje.

Por último se decidió a abrir el mensaje de Mario.

“Déjame que te compense”

No decía más. Ni una despedida, ni un “lo siento” ni un reproche…Mario quería compensarla.

Lucia no pudo más que sentarse en un banco y leer una y otra vez el mensaje.  Algo le decía que debía meditar la idea de volver a verle. En su  interior sabía que era una relación que no la llevaría a ningún lado pero, era tan fuerte el deseo que no era dueña en realidad de su propia respuesta.

Permaneció allí sentada durante mucho rato…y sin haber tomado una decisión, se levantó, empezó a caminar y se llevó consigo todas las dudas,  los miedos y la excitación de una aventura. Sin ser capaz de arrancar de sí misma la voluntad de volver a sentirse cerca de él y probar sus labios, aunque esa fuese la primera y la última vez.

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