CAPÍTULO SÉPTIMO

Lucia leyó atentamente el e-mail que acaba de recibir:

Querida Lucia,

Te deseo mucha suerte en tu nueva aventura y estoy convencido de que Sophie se habrá encargado de acogerte tal y como te mereces.

Siento muchísimo que el otro día no pudiéramos despedirnos, tenía muchas cosas que contarte pero, quizás tenías razón y lo mejor es que nada interfiera en este viaje. Sabes que seguiré aquí cuando regreses y sabes también que me acordaré de ti cada día. Si me dejas, te escribiré cada vez que lo haga y si me dejas también, mantendré encendida una luz de esperanza. Mayo está a la vuelta de la esquina! Espero que no cambien demasiadas cosas en este tiempo. Cuídate. Bso, A

Tuvo que volver a leer el mensaje de nuevo para interpretar correctamente lo que André le decía. Estaba claro, lo que ocurrió entre ellos hace algunas semanas no había sido casual ni tampoco tan ligero como para olvidarlo.

Si quería ser sincera con ella misma (y quería!) aquella noche había sido genial y, a pesar de que no había vuelto a repetirse, probablemente por miedo por parte de Lucia a estropearlo todo, le gustaba André.

Era un caballero, romántico, detallista y muy atractivo y, en la cama…Vaya! En la cama había estado genial. Es cierto que Lucia no tenía demasiadas experiencias con las que comparar pero aquellas noche le había hecho disfrutar mucho. Todo había sido perfecto: la cena en aquel gran restaurante, las flores que le envió a casa antes de la cita, su glamour y su impecable educación de colegio privado.

André sabía cómo conquistar a un mujer, sin duda.

-¿Qué te cuenta mi amigo André? –le preguntó Sophie entre risas buscando una respuesta cómplice e interrumpiendo la segunda lectura al e-mail.

– Me desea buena estancia y habla de ti. Sabe que me has preparado la mejor de las bienvenidas.

-¡Ohhhh! ¡Cómo me conoce! Tengo tantas ganas de volver a verle. ¿Le has visto últimamente tú? – pregunto con toda la intención de la que se es capaz.

Mientras hablaba de André, Sophie no podía esconder su pasión por él. Durante años Lucia se había preguntado por qué no habían acabado juntos. Se conocían bien y se gustaban. Resultaba extraño verles hablar al uno del otro con esa devoción.

– Si – contestó muy brevemente Lucia.

-¿Si? ¿No hay más que un si escueto?

-Si Sophie. Le he visto algunas veces. Podríamos decir que…hemos intimado.

-Ohhhhh Siiiiii! Sabía que no podía estar equivocada cuando os presenté. Sabía que era cuestión de tiempo Lucia. Percibí la química desde el primer instante que os vi juntos.

-Bueno Sophie, reconocerás que André es capaz de provocar chispa hasta con los seres inertes. Hombre y mujeres son capaces de rendirse a sus encantos si de verdad se lo propone. Y se lo propone constantemente, créeme.

-Sí pero tú se lo has puesto muy difícil. Y eso a un hombre, le vuelve loco.

-¿Y tú qué sabes de todo eso? ¿Acaso has hablado con él de mí? – preguntó enojada Lucia.

-Bueno my Darling, a veces hasta los hombres como André necesitan una ayuda para averiguar cómo llegar a conquistar a mujeres como tú.

-¡Bruja! – le gritó mientras intentaba estrangularla en tono de broma.

-Lucia – le dijo mientras tomaba su cara entre sus manos y la miraba fijamente- Yo sólo quiero lo mejor para ti.

-¿Y André lo es?

Un momento de silencio sostenido se apoderó del interior del taxi mientras ellas se miraban. Lucia esperaba un “si” sincero de su amiga que le diera el último empujón para confiar en André y dejarse llevar en la aventura que días antes de venir había empezado, y Sophie, conocía perfectamente a André y sabía que, era capaz de hacerla muy feliz pero también era capaz de hacerla sufrir mucho. Era un conquistador. No quería romper la ilusión que parecía asomar a sus ojos pero tampoco podía engañarla.

Era la persona más integra y sincera que nadie jamás podría conocer y, sin embargo, estaba a punto de traicionar su lealtad. ¿Cómo decirle toda la verdad que conocía de él? ¿Cómo ocultarle el verdadero André? Ante un verdadero conflicto ético y de intereses, Sophie se dejó llevar por su vertiente más romántica, aquella que aún cree en princesas y en cuentos infantiles con final feliz, y alzando la vista hasta encontrarse con los ojos de Lucia contestó.

-Sí Lucia. Lo es sin duda. André es el hombre capaz de hacerte feliz, de completarte.

Y Lucia respiró aliviada, tomo las manos de Sophie entre las suyas y contestó:

-¡Gracias! – no sabes cuánto me ayuda eso. Estaba verdaderamente indecisa acerca de lo que sentía y lo que debería hacer.

Y una tímida sonrisa fue la respuesta de Sophie mientras seguía pensando en si había hecho o no lo correcto.

-Bueno, estamos llegando. Me debes los detalles del encuentro. ¡Y no voy a olvidarme! Así que resérvamelos y ahora, sonríe, pellizca tus mejillas para subirte los colores y olvídate del mundo. ¿Lista?

– ¡Lista!

– Sin 12 euros bitte

– Hier hat. Vielen Dank

Y ambas bajaron del taxi y se dirigieron hacia el local.

El Spinderklatt era un club ubicado en una zona oscura, apartada del centro del a ciudad y de aspecto industrial. Nadie que no conociera aquel lugar podría llegar a él de manera fortuita. El acceso era difícil de intuir y a todos los efectos, mientras iban dirigiéndose hacia la puerta, Lucia seguía preguntándose a qué tipo de local la estaba llevando Sophie.

AL final del camino de tierra, se adivinaba una alfombra roja, como las de las recepciones de los Oscars. Surgía de la nada e invitaba a seguir caminando hacia una pasarela blanca de madera. A la derecha, el río Spree que apenas podía verse por la oscuridad pero si podía olerse y sentirse.

El Spinderklatt estaba situado en una especie de embarcadero repleto de bancos de madera blanca y cojines al más estilo “Chill Out” con un estilo impecable y derrochando glamour. Al final de la pasarela, unas mesas altas para poder tomar las copas a la orilla del río y a mano izquierda, el acceso al local.

Mientras avanzaban hasta la puerta, Lucia iba mirando hacia un lado y otro asombrada, y a pesar de que su caminar pretendía ser decidido, no podía ocultar su nerviosismo.

Hace apenas unas horas estaba en Barcelona y, ahora, estaba allí! Dejando atrás toda una vida, su familia, André y su declaración de intenciones, el encuentro con el chico misterioso del avión…! Mario! ¡Se había olvidado por unos instantes de Mario!

Aquel lugar, Sophie, su nuevo trabajo…Habían sido demasiadas emociones para digerirlas en tan poco tiempo y, aun así, estaba entusiasmada.

La música que sonaba en el interior del local era estupenda, algo así como Soul o R&B. Era buena.

Justo al entrar, en la barra que había a mano derecha, un grupo de unas 4 personas charlaban animadas con una copa de vino. Al vernos entrar, se giraron hacia nosotras y todos, como si de una orquesta de músicos perfectamente dirigida se tratara, sonrieron al unísono. Eran los amigos de Sophie.

-¡Que tal Sophie! –una chica morena y bajita fue la primera que se nos acercó. Era menuda y de rasgos latinoamericanos y unos ojos enormes y oscuros.

-! Hola Maria! – y Sophie le besó entusiasmada y le dio un pequeño abrazo.

-y ¿Tú debes de ser Lucia? – le preguntó manteniendo una sonrisa arquitectónicamente perfecta.

-Hola –y Lucia se mostró tímida aunque agradecida con la calurosa bienvenida.

Maria la tomo de la cintura y la acompañó hasta el resto de grupo para proceder a las presentaciones.

Aquellos eran María, Alfred, Carlota y Roberto.

Maria era Puertorriqueña y trabajaba con Sophie en la ONG desde hacía un par de años. Se habían hecho grandes amigas.

Carlota y Roberto eran españoles y llevaban escasos meses en Berlín.

Alfred era alemán, de Berlín. Alto, rubio, atlético y atractivo, aunque muy serio. Tenía unos rasgos duros y fríos pero una sonrisa acogedora y unos dientes perfectos. Al contrario que el resto del grupo, Alfred no besó a Lucia en la mejilla y al presentarlos, alargó su mano para estrecharla de manera firme y profesional. Lucia se sorprendió pero pensó que se debía más a una cuestión cultural o a una costumbre.

-¿Un vino? – le preguntó Maria cuando hubieron acabado con la ronda de presentaciones.

-Por favor –

-Vamos, nuestra mesa esta lista – y con un gesto ladeando la cabeza Sophie nos invitó a pasar.

La noche transcurrió animada. Sophie se sentó a la derecha de Lucia y a la izquierda, y en el extremo de la mesa, se sentó Alfred.

Alfred hablaba poco y cuando lo hacía su castellano era horroroso. Por ello, muchas de las frases que se cruzaban en la mesa eran una mezcla entre castellano, alemán e inglés.  Algo muy propio, según Sophie, de la gente que hablan varios idiomas.

Cenaron bien. Cocina internacional, algo de japonés y postres de chocolate. Las mesas eran largas y compartidas.

Cuando había viajado a otros países, las mesas compartidas era algo que a Lucia siempre le había llamado la atención. En Barcelona no se estilaba en absoluto y encontraba que era una manera divertida de economizar espacio y compartir con gente, aun sin conocerla, algo más que un lugar donde comer.

Unas largas cortinas con destellos brillantes embellecían los grandes ventanales de la nave industrial. Era un contraste fabuloso. Al fondo, unos contenedores de camiones hacían las veces de aseos y guardarropas. Un local realmente original.

Hablaron durante un buen rato de trabajo. Básicamente de la situación de la ONG que empezaba a peligrar por la retirada de las subvenciones púbicas y de cuánto iban a tener que trabajar para conseguir ayudas de capital privado que garantizaran la continuidad de los proyectos que tenían en marcha.

Entre tanta conversación animada, hubo tiempo incluso para que Lucia paseara por sus recuerdos más recientes y se ausentara un momentos sin que apenas la echaran en falta. A decir verdad, la opinión de Lucia acerca de la financiación de las ONG era muy subjetiva y nada profesional.

Mientras el grupo intentaba encontrar una solución al problema, discutiendo de una manera sorprendentemente civilizada, Lucia volvió al email de André, y sonrió. Trató de recordar cómo le hacía sentir él y ello le proporcionó un sentimiento de bienestar y de paz interior. Pensó también, y aún sin pretenderlo, en Mario y en la forma tan peculiar en la que se habían conocido, y esta vez la sensación no fue de bienestar sino de emoción. Sintió un millón de mariposas en el estómago revoloteando como si de una adolescente se tratara, y sonrió aún más sin entender por qué se sentía de esa manera. Y mientras pensaba, embriaga por el cansancio, la emoción y un par de copas de vino, se ausentó de verdad y viajó con la mente y los sentidos a un lugar dónde ni siquiera ella fue capaz de describirlo. Tuvo miedo de lo que llegó a escuchar de sus propios deseos y, fue la mirada atenta de Alfred quien, ofreciéndole una taza de té, la rescató de su viaje astral.     

– ¿Todo va bien Lucia? – le preguntó Alfred mientras clavaba sus ojos y radiografiaba sus pensamientos.

– Sure . Estoy cansada. Nada más – contestó con una sonrisa.

– Ahh, Ok.  

 La mirada de Alfred escondía muchos secretos. Él no era como el resto del grupo. Era enigmático pero a la vez algo oscuro irradiaban sus ojos.

Lucia se incorporó de nuevo en la conversación y pensó que necesitaba distraer su mente durante un buen rato.

Acabaron la cena, la charla, los cafés e incluso unos licores en vasos muy pequeños a los que les invitó el camarero.

– Vamos Lucia – insistía Carlota- ¡Quedaros a tomar una copa!

– Yo estoy demasiado cansada pero, Sophie, quédate tu –insistió Lucia.

– ¡No por favor!, No voy a dejarte sola en tu primera noche. Soy una buena anfitriona –bromeó.

 – Lo entendemos. Pero hay que repetir pronto –dijo María con su sonrisa perfecta e intacta.

– Ha sido un placer chicos. De veras, me ha encantado conoceros y me encantará que volvamos a vernos.

– Igualmente. –Contestaron todos a la vez de nuevo como si un director de orquesta los dirigiera.

– Nice to meet you Lucia –le dijo Alfred mirándola muy fijamente.

– Nice to meet you – contestó Lucia.

Y mientras ellos seguían en la mesa charlando Sophie y Lucia se alejaban en dirección a la puerta y se dirigían hacia la pasarela dispuestas a tomar un taxi de regreso a casa.

– ¿Un tipo raro Alfred no crees? – le preguntó Lucia que todavía se sentía intimidada por la frialdad del chico alemán.

-¿Alfred? – Es un buen tipo. Algo tímido. Ha roto con su novia hace pocas semanas y no está demasiado animado. Le has gustado, quiero decir…que le has caído bien. Seguramente la próxima vez que nos veamos estará más…!sociable! – le dijo mientras se abrazaba a sí misma para protegerse del frío.

– Seguramente. Tú le conoces mejor que yo.

Y el tono de voz de Lucia descendió hasta prácticamente convertirse en un susurro. Estaba agotada.

– ¿Lo has pasado bien?

– Mucho. No tengo palabras para agradecerte o que estás haciendo por mí.

– Ya me lo cobraré. No tengas la menor duda – bromeó.

Llegaron al apartamento y empezaba a llover. La noche era fría. Sólo deseaba meterse en la cama y descansar.

Cuando entraban por la puerta del apartamento eran prácticamente las 2 de la madrugada. Se despidió de Sophie en el comedor y se abrazaron fuerte.

– Creo que voy a fumarme un cigarrillo en el balcón antes de quitarme el abrigo y me voy a ir a dormir – dijo Lucia.

– Lucia! ¿Pero no habías dejado de fumar?

– Lo intento. Cada día lo pienso pero ese, es uno de los propósitos eternamente incumplidos de mi vida.

-¿Uno de ellos? ¿Hay algún otro?

– Hay varios Sophie. ¡Pero no me hagas hacerte una lista ahora!

Y ambas se dirigieron una mirada de complicidad.

Lucia se dirigió a su habitación, perfectamente decorada y ambientada con sus flores favoritas. El suelo crujía bajo sus pies al contacto con las botas y decidió quitárselas para no estropear la madera.

Abrió el pequeño bolso que había llevado a la cena, buscó su paquete de tabaco y cogió un cigarrillo. Buscó también el encendedor pero, como habitualmente le ocurría, no lo encontró. ¡Odiaba no encontrar nunca el encendedor! Recordó que en el bolso grande debía llevar algún otro, era difícil no encontrar cualquier cosa en aquellos bolsos enormes que utilizaba.

Mientras buscaba, aun con el abrigo puesto y empezando a sentir calor, vio su agenda, su neceser, un par de lápices…Vaya! No encontraba por ninguna parte el mechero. Siguió buscando y vio un papel pequeño y bien doblado. Por instinto, lo cogió para ver de qué ticket o nota se trataba y cuando lo vio…no podía creerse lo que estaba viendo.

Era una nota manuscrita. Decía:

“Ahora que tienes la moneda para llamar, sólo necesitas el número al que hacerlo”

Mario XXX

Y tras la invitación, un número de teléfono móvil.

Era Mario. Estaba tan cansada que no lo podía creer. Sonrió, sin duda, y el mismo escalofrío de siempre volvió a recorrerle la espalda. Pero, ¿Cuándo lo habría dejado en su bolso? Se preguntaba una y otra vez.

 Y en ese momento, con la sensación de felicidad todavía caliente entre las manos, fresca todavía en los sentidos, decidió renunciar al cigarrillo y meterse en la cama para arropar los recuerdos, los planes y las emociones.

Un día largo e intenso sin duda.

Y mientras el sueño la invadía y se preguntaba a si misma si le llamaría, no pudo más que sentirse feliz. Muy feliz.

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