CAPÍTULO OCTAVO

Mario la esperaba en la puerta del apartamento. Llevaba un abrigo ¾ de color gris y una gran bufanda en tonos crudos de lana gruesa. Brillaba el sol, a pesar del frío, y debería de ser medio día.

Al abrirse la puerta, una sonrisa enorme inundó el rostro de Mario y a Lucia, se le iluminó la mirada.

– Buenos días princesa – Le susurró él mientras sonreía.

– Buenos días Mario – contestó ella con el mismo gesto de felicidad.

– ¿Vamos? Nos esperan – Le dijo Mario mientras alargaba su mano para cogerla.

Y Lucia alcanzó su mano para tomarla cuando, asombrada, vio como la mano de Mario se escurría entre sus manos. Su mano traspasaba la materia convirtiéndose en algo parecido a gas. Como si fuese un cuerpo invisible pero con forma sólida ante sus ojos. Él, continuaba mirándola. Le sonreía mientras le tendía la mano ofreciéndosela pero Lucia, era incapaz de poder cogerla porque cada vez que lo intentaba, aquella falsa materia se desintegraba dejando pasar entre sus dedos la mano de Mario.

Lucia empezó a ponerse nerviosa No podía tocarle, no podía tenerle, no podía acompañarle y marchar con él, a donde fuera, y mientras tanto, él se alejaba y se perdía entre la gente aún con una sonrisa entre los labios. Se alejaba cada vez más hasta difuminarse en el horizonte.

– ¡Lucia!, ¡Lucia! ¡Despierta! – era la voz de Sophie que intentaba rescatar a Lucia de esta pesadilla.

Lucia abrió los ojos poco a poco, desperezando los sentidos que estaban un tanto aturdidos y confundidos. Intentó averiguar qué había ocurrido. Sentía como si no hubiera dormido en toda la noche, y tenía una presión en el pecho y una angustia que todavía no entendía. Se sentía muy confusa.

Cuando ya se hubo incorporado, se pasó las manos por la cara, y observó las palmas de sus manos húmedas por el sudor. Las tocó una y otra vez para comprobar si era materia sólida o gaseosa.

– ¡Mario! – y exclamó su nombre con angustia a medida que iba recordando el sueño que había tenido.

Los ojos de Sophie seguían clavados en Lucia. No entendía nada. Intuía que había una parte de la historia –imprescindible para entender qué estaba sucediendo- que ella aun no conocía. Sentía que necesitaban un bien desayuno y poner en orden ciertas cosas y así, sin ánimo de alterar a Lucia más de lo que ya estaba, la cogió de las manos fuertemente y, mirándola con franqueza, serenidad y mucha dulzura le dijo:

– Lucia, tranquila. Todo ha sido un sueño. Quiero que respires, que me mires y que escuches bien lo que te digo. Ha sido un sueño. ¿De acuerdo?

Lucia no contestó. Aún se sentía muy desorientada y confundida. Había sido tan real la sensación que había tenido que no podía entender que no hubiera pasado.

Escuchaba a Sophie hablar pero en realidad, no retenía en su consciencia las palabras. Aun así, percibía el calor de las manos de Sophie y se sentía a salvo.

No contestó pero miró a Lucia y asintió con un gesto. Sophie continuó diciéndole…

– Ahora nos vamos a levantar, te vas a dar una ducha y voy a preparar un estupendo desayuno. ¿Te parece bien?

– De acuerdo. Me parece bien –dijo Lucia recuperando el tono de voz y regresando a la realidad.

Lucia no tenía que empezar a trabajar hasta el día siguiente así que hoy, todavía podrían disfrutar de un día más para adaptarse y deshacer las maletas. Se sentía aun aturdida pero, convenida de que una buena ducha la rescataría de esa sensación, se levantó de la cama y se dirigió hacia el baño.

Al dirigirse hacia el baño, Sophie aún la contemplaba fijamente, asegurándose que estaba bien. Cuando cruzaron las miradas, Sophie sonrió en busca de un gesto de aprobación para marcharse y dejarla sola. Ésta le devolvió la sonrisa y Sophie, mucho más tranquila, se retiró para preparar el desayuno.

Lucia se desvistió y, cuando estuvo desnuda ante el espejo, se contempló a sí misma. Su rostro era diferente. Su mirada aún permanecía perdida y tenía dificultades para distinguir con claridad sueño y realidad.

Se metió bajo el chorro del agua que azotaba con fuerza. No estaba demasiado caliente, lo prefería. Necesitaba despertar de esa maldita sensación que la invadía.

Resultaba curioso cómo, en una ciudad como Berlín en la que hacía tanto frío, el interior de las casas eran tan cálido.

Se vistió con un pantalón de chándal gris y una sudadera amplia y cómoda. Unos calcetines antideslizantes en color rojo de lana gorda que la llegaban casi hasta las rodillas y el pelo, aún húmedo, sujeto con una coleta. Un poco de crema hidratante y lista.

Cuando Lucia iba sin arreglar, su aspecto era muy juvenil. Casi adolescente, y sin el aliño del rímel, sus ojos lucían todavía más grandes y verdes.

Cuando Lucia apareció en el salón, un rayo de luz inundaba la estancia con fuerza hasta el punto de deslumbrar. Incidía directamente sobre la mesa donde Sophie había dispuesto los platos, las tazas y el resto del menaje para el desayuno. ¡Era tan delicada cuando organizaba las cosas!.

Todo estaba perfecto y resultaba apetitoso. Después del despertar que había tenido, iba a agradecer un buen desayuno.

El olor a café recién hecho era uno de los olores preferidos de Lucia. Significaba nuevo día, despertar, energía. Asociaba el olor a café recién hecho a una sensación de bienestar y es este momento, un buen café iba a acabarla de rescatar definitivamente de su viaje interrumpido con Mario.

– Empecemos de nuevo – le dijo Sophie- ¡Buenos días Lucia!

– Buenos días Sophie. ¿No sé qué me ha pasado? Me he…estaba…es que…

– Tranquila Lucia – interrumpió Sophie – Tómate tu tiempo.

¿Tostadas? – y con una amplia sonrisa tranquilizó de nuevo el ánimo de Lucia.

Desayunaron tranquilas y comieron bastante. Sophie había preparado café, zumo recién exprimido, pan de cereales, mantequilla y una especie de crema dulce (típica alemana) para untar en el pan. Un plato con algunas galletas y un surtido de quesos.

Lucia estaba desconcertada en cuanto a la hora que debía ser. ¿Cuánto habría dormido? ¿Qué hora sería? Estaba tan despistada que apenas sabía, pero todo estaba delicioso y pensó que no valía la pena preocuparse por ello ahora.

Dio un sorbo a su café americano con sacarina y cambiando de posición sobre la silla e inclinándose ligeramente hacia Sophie, la miró u le dijo con voz firme y decidida.

– Voy a contarte una historia.

Y Sophie, tomó su taza de café entre las manos, se acomodó en su silla sabiendo lo que estaba a punto de escuchar y contestó:

– ¡Soy toda oídos!

Lucia le contó con todo lujo de detalle y emoción cómo había conocido a Mario. La historia de la moneda, cuando él la acompañó a la recogida de equipajes, la conversación en la salida de pasajeros…

Cuando hubo acabado, miró a Sophie quien mantenía una expresión de sorpresa y le dijo:

– Eso es todo. De ahí mi pesadilla, supongo. ¿Qué opinas?

A pesar de que a Sophie no se le conocían historias sentimentales, Lucia no dudaba en su sentido común pero reconocía que Sophie, era mucho más racional de lo que ella seria en siete vidas. Sabía que su punto de vista sería prudente y en realidad y llegados a estas alturas de su vida, no estaba segura de ser eso lo que necesitaba.

– A ver: estamos hablando de un galán al que no le conocemos oficio, ni intenciones, pero sabemos que ha habido una chispa entre vosotros. No has tenido tiempo de preguntar ni de investigar nada de él y sólo tenemos su nombre, su apellido y el color de sus ojos. ¿Cierto?

– Cierto. -¡Vamos bien. Podríamos ganarnos la vida como investigadoras! – y las dos rompieron a reír.

– Estas en un país que no conoces, con una vieja amiga que quizás no pueda hacerte todo el caso que necesitas y que, seguramente, no podrá darte ciertas cosas que él te daría.

Ahora el tono de Sophie se había vuelto jocoso y divertido.

– Correcto. – Dijo Lucia.

– Mira Lucia, probablemente a mí las historias no me han funcionado porque he querido controlarlo todo demasiado. Y si fuera yo la que está en tu lugar, creo que no le llamaría…pero tú debes hacerlo. No sabes si vive aquí, si está casado, si le gustas o si es un asesino en serie pero, la única manera de averiguarlo, es llamar.

Lucia dudó. Tenía tantas ganas como miedo. Por un momento se le pasó por la cabeza André pero, en realidad, entre ellos no había nada aún. Sabía que con respecto a André, debía ser sensible puesto que Sophie era su amiga pero, no podía evitar pensar en cómo se había sentido al conocer a Mario y al tenerlo a su lado.

– Tienes razón…!creo!. Está claro que necesito despejar esta duda. ¿Lo hago?- dijo sosteniendo el teléfono entre sus manos y con un gestor de inseguridad, emoción y duda.

– Sí. Llama. – ordenó Sophie.

Y Lucia, dio un último sorbo de café, se acomodó el pelo como si Mario fuese capaz de verla a través del teléfono, y marcó uno a uno con los dedos tembloroso el número que Mario le había escrito.

La señal de llamada sonó varias veces, pero nadie contestó. El gesto de Lucia fue, poco a poco, marchitándose como una flor a la que le cortan el tallo y dejan de regar. La tristeza invadió su cara y en ese momento se sorprendió de cuánto podía afectarle, y eso le asustó.

– Quizás ni siquiera es su teléfono – dijo Lucia con voz frustrada.

– Quizás. Pero lo has intentado.

– Creo que voy a olvidarme de esta historia. No estoy preparada para que me hagan daño y además debo estar absolutamente concentrada para mi nuevo trabajo. Es lo más sensato Sophie. 

En ese momento, el teléfono de Lucia empezó a vibrar. Un número desconocido aparecía en la pantalla. ¿Sería él? Lucia tembló. Luego soltó una carcajada adolescente y empezó a saltar sobre si misma llena de ilusión. Recuperó la compostura, y con voz muy serena contestó.

– ¿Si?

– ¿Lucia? ¿Eres tú? Soy Mario. Perdona, no me ha dado tiempo a contestar tu llamada.

Y así, antes de que ella pudiera controlar la felicidad que la invadía, supo que había hecho lo correcto y que, si su intuición no le fallaba, Mario sentía cierto interés por ella.

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